Torpedo 1936: crimen, sátira y pólvora en la historieta española

No hay muchas obras del cómic español que hayan alcanzado la trascendencia artística, cultural e incluso simbólica de Torpedo 1936, la mítica serie creada por Enrique Sánchez Abulí y Jordi Bernet. Protagonizada por Luca Torelli —un despiadado sicario italoamericano que sobrevive a sangre y plomo en el Nueva York de la Gran Depresión—, Torpedo se convirtió en una rara avis del tebeo europeo: un cómic de género negro con espíritu de pulp, una burla feroz del sueño americano y una celebración iconoclasta del humor negro, el lenguaje deslenguado y la incorrección política más despiadada.

Los orígenes: de Alex Toth a Jordi Bernet

La serie vio la luz en 1981 en las páginas de la revista Creepy de Toutain Editor. El guionista Enrique Sánchez Abulí, que ya se había fogueado con relatos cortos y un estilo singularmente cáustico, propuso una historia centrada en un pistolero a sueldo de origen italiano. El primer dibujante en aceptar el proyecto fue nada menos que Alex Toth, leyenda viva del cómic estadounidense. Sin embargo, el idilio creativo duró apenas un episodio: Toth, de profundas convicciones morales y estéticas, se sintió incómodo con el tono amoral y cruel del guion de Abulí, y abandonó el proyecto.

Ese conflicto de sensibilidades dio paso a uno de los tándems más fértiles del cómic europeo: el formado por Abulí y Jordi Bernet. El dibujante catalán, que había trabajado en series como Andrax y era hijo del también historietista Miguel Bernet (conocido como Jorge), supo dotar a Torpedo de una estética heredera del noir cinematográfico, del cómic clásico de crimen y de la caricatura más expresiva. Su dominio del claroscuro, de la narrativa visual y del diseño de personajes contribuyó a crear una identidad gráfica inconfundible.

Violencia, sarcasmo y palabra afilada

Más allá del trazo virtuoso de Bernet, el alma de Torpedo reside en los guiones de Abulí. El lenguaje de la serie es una sinfonía de argot mafioso, juegos de palabras, dobles sentidos y giros lingüísticos tan creativos como brutales. La prosa afilada del guionista convierte cada página en un ejercicio de estilo, que parodia tanto al hardboiled americano como al folletín europeo.

Pero no se trata solo de estética. Torpedo propone un retrato despiadado del ser humano. Su protagonista —racista, misógino, brutal, amoral— es una caricatura tan extrema que se convierte en crítica. Luca Torelli es el reverso oscuro del self-made man: un inmigrante sin escrúpulos que, a diferencia de los héroes del sueño americano, construye su fortuna a base de extorsión, asesinato y traición. Y sin embargo, su cinismo es tan radical que deviene cómico. La serie funciona, así, como una sátira feroz del capitalismo, del poder y de la hipocresía de una sociedad que premia la violencia si se disfraza de éxito.

El universo de Torpedo está plagado de personajes grotescos: prostitutas, chulos, curas pederastas, políticos corruptos y gangsters de opereta. Todos ellos son objeto de la mirada corrosiva de Abulí, que no deja títere con cabeza. En este sentido, la serie comparte espíritu con las novelas negras de Jim Thompson, Chester Himes o los relatos más salvajes de Charles Bukowski.

Bernet y Abulí: ruptura y legado

Durante dos décadas, Abulí y Bernet mantuvieron una colaboración intensa y fructífera, que dejó más de 130 historias cortas y varios álbumes recopilatorios, tanto en España como en Francia, donde Torpedo fue editado con gran éxito por Glénat. Sin embargo, con el tiempo surgieron tensiones creativas entre ambos autores, centradas en cuestiones de enfoque y derechos. La ruptura no fue pública ni escandalosa, pero marcó el final de la etapa clásica de la serie.

A pesar de ello, el legado de Torpedo 1936 es indiscutible. La obra ha sido galardonada con el premio al Mejor Álbum Extranjero en el Festival de Angulema (1986), ha sido objeto de reediciones constantes y sigue siendo estudiada como ejemplo de cómic adulto, de renovación del género negro y de libertad creativa sin concesiones. En el contexto español, es uno de los escasísimos cómics que ha logrado éxito internacional sin renunciar a su identidad ni rebajarse al canon editorial predominante.

Torpedo 1972: el retorno del asesino

En 2017, Torpedo regresó, envejecido y más cínico si cabe, en un nuevo álbum titulado Torpedo 1972. Esta vez, al guion seguía Enrique Sánchez Abulí, pero el dibujo corría a cargo del argentino Eduardo Risso, célebre por su colaboración con Brian Azzarello en 100 Balas. La elección de Risso no fue casual: su estilo expresionista, de fuerte contraste y ritmo cinematográfico, armoniza con el espíritu sombrío de la serie.

Este nuevo episodio nos muestra a un Luca Torelli anciano, retirado y decadente, enfrentado a un mundo que ya no comprende. El salto temporal sirve no solo para revisitar al personaje, sino para ofrecer una reflexión amarga sobre el paso del tiempo, la obsolescencia de los criminales «de antes», y la banalidad del mal en tiempos de corrupción sistémica.

Aunque Torpedo 1972 no tuvo la resonancia de los álbumes clásicos, fue recibido con interés por los seguidores del personaje y evidenció que Abulí sigue siendo uno de los guionistas más lúcidos, agudos y radicales del cómic español.

Una obra inmortal y necesaria

Torpedo es mucho más que una serie negra: es una obra maestra de la provocación, una transgresión sin red y un canto a la libertad expresiva. En tiempos de corrección política y censura larvada, su existencia es un recordatorio de que el arte, también el noveno, necesita espacio para la provocación, la ambigüedad moral y el lenguaje libre. Y pocas obras han hecho de la incorrección una forma de arte tan refinada como la que alcanzaron Abulí y Bernet.

Víctor Martínez